Aurora Mínguez: “Saber idiomas es un sine qua non para ser corresponsal”

Aurora Mínguez en Berlín. Foto cedida por ella.

Aurora Mínguez en Berlín. Foto cedida por ella.

Aurora Mínguez es actualmente corresponsal en París de Radio Nacional de España. Desde 1992 a 1999 y de 2006 hasta 2014 ha sido corresponsal acreditada en Berlín. Desde septiembre de 2014 se encuentra en París. Su primer trabajo como periodista fue durante la época franquista en la agencia Piresa, de la Prensa del Movimiento. Pasó a trabajar casi cinco años en la oficina del portavoz de gobierno en Moncloa, para finalmente pasar a trabajar para Radio Nacional. Anteriormente también ha escrito para El Confidencial. Durante su parón como corresponsal fue jefa de internacional en RNE y durante tres años hizo dos programas de radio, Más Europa y Nosotros los europeos.

¿Fue a petición suya este cambio?
El jefe de informativos pretendía hacer cambios de corresponsales y me ofrecieron la posibilidad de cambiar. Tenía muchas dudas, pero acepté la oferta. También es verdad que quince años en Alemania es mucho tiempo y siempre he seguido temas europeos, me pareció muy interesante pasarme al otro lado del Rin. Francia es un país que siempre he seguido, a lo mejor no de una manera tan intensa como Alemania pero es un país cuya política y cultura me han interesado mucho. Aprendí francés cuando era una niña, por lo que siempre he podido leer en francés, he seguido de cerca las novedades cinematográficas, por tanto, no se trata de descubrir un país sino redescubrirlo, el cual conoces pero de una manera más superficial.

¿Por qué se convirtió en corresponsal?
Cuando llegué al Periodismo me parecía que ser corresponsal era un trabajo interesante, sobre todo si eres una persona interesada en los idiomas, en la vida de fuera de España. Entonces, el haber tenido contactos en Francia ya de niña me abrió los ojos, quise ver otra realidad diferente de esa España franquista. Mis primeros viajes fueron también al extranjero y cuando tenía 22 años descubrí Viena. Fue entonces cuando empecé a estudiar alemán, estaba claro que parte de mi formación me obligaría en algún momento era vivir fuera del país. Empecé a hacer información internacional, a interesarme por los temas, me dieron la oportunidad de ser enviada especial permanente durante los años 1989 y 1992 en los países del este de Europa, es decir, tuve el privilegio de ver la caída del comunismo en Polonia, en la República Checa, en Hungría, en Rumania, en Bulgaria. No cubrí la caída del muro de Berlín, porque en aquel entonces había un corresponsal en Bonn, pero sí cubrí las primeras elecciones libres en Alemania. Parte de la reunificación la viví también como enviada especial y luego en el año 1992, cuando estaba cubriendo la guerra en la antigua Yugoslavia, me ofrecieron el puesto de corresponsal en Bonn y, naturalmente, dije que sí.

¿Notó grandes diferencias entre ser corresponsal y ser periodista “normal”?
Hay muchísimas diferencias, aunque el método de trabajo es el mismo. La gran diferencia de cuando eres periodista en tu país es que no tienes que descubrir nada, todo te resulta más o menos familiar y sabes medianamente cuales son los líderes políticos, económicos y sociales. Y al llegar a un país que no conoces, sobre todo si no conoces nada, al principio te exige un esfuerzo adicional entender las claves mínimas. Soy de la opinión de que cuando un corresponsal llega a un país, los primeros meses, la información que ofrece es de una calidad muy mediana porque al principio todo te sorprende: no conoces las claves, el who is who, los equilibrios de fuerza; en resumen, eres como un niño que está descubriendo el mundo. Creo que necesitas un año o incluso dos para estar realmente en condiciones de ofrecer una buena información. Naturalmente, cuanto más experimentado eres, más fácil puede ser, pero aun así, considero que es muy importante estar en condiciones de entender la lengua, cosa que en algunos lugares es muy difícil. Viendo cómo se preparan los corresponsales alemanes y cómo lo hacen los españoles se nota una gran diferencia, los alemanes en las radios y televisiones públicas saben con casi un año de antelación a donde van y tienen tiempo para empezar a conocer la lengua, para prepararse más intensamente. Mientras, en España, las corresponsalías son una cosa muy aleatoria, muchas veces los nombramientos son más que cuestionables porque no todo el mundo vale para corresponsal, no todos están preparados para ello, en contra de lo que piensan algunos directores de medios y algunos jefes de informativos. Una persona que no sabe idiomas nunca debería ser corresponsal porque su información, evidentemente, no va a ser buena, depende de un traductor o de un productor que le dé su visión del tema. Un corresponsal nunca debería irse sin haber pasado previamente dos años en la sección de internacional, debería de tener una formación amplia, haber pasado un tiempo en la redacción.. Un tertuliano, desde mi punto de vista, no puede ser corresponsal. Sirve si acaso para hacer un trabajo superficial y un trabajo lleno de estereotipos, de informaciones en plan bricolaje, y eso quizás pueda servir para cubrir el expediente, pero eso no es un trabajo serio, no es el tipo de periodismo internacional por el que yo lucho y en el que creo. Es verdad que con las reducciones presupuestarias en los medios de comunicación la tendencia es que cada vez hay menos corresponsales fijos y cada vez intentan echar más mano de colaboradores, que son personas que están en un sitio y ofrecen su servicio, para los que pagan muy poco dinero.

Es decir, una de las mayores dificultades con las que uno se encuentra es no conocer el país.
Claro. Por eso creo que debería ser condición sine qua non que haya pasado previamente por la redacción de internacional. Así, al menos hay temas que conoces, aunque sea de manera superficial. Puedes conocer el papel que está jugando Rusia en estos momentos (su aspiración en convertirse de nuevo en una gran superpotencia), conoces básicamente las complejidades del conflicto árabe-israelí (clave para entender la lucha de los yihadistas), sabes lo que ha hecho en Estados Unidos el presidente de turno, te suena mínimamente cuál es el equilibrio de fuerzas en Europa (aunque sea un mundo aparte), la información europea, el papel dentro del club de los veintisiete que desempeña Alemania, el de Francia, Gran Bretaña, todo eso lo tienes que conocer. Son cosas que para alguien que nunca lo ha tratado es muy difícil que lo pueda entender y que lo pueda colocar en su contexto.

¿Qué más dificultades se encuentra uno?
Si uno habla la lengua, la primera dificultad queda resuelta. Si uno puede leer la prensa, escuchar la radio y ver la televisión, se puede hacer al menos una idea cotidiana de cuáles son los temas del día, de qué se habla en ese país, cuáles son las preocupaciones, cómo está actuando el Gobierno, cómo está reaccionando, por ejemplo, ante el tema económico. Una parte esencial es intentar tener contactos mínimos con el portavoz de gobierno de turno, saber quién es el jefe de prensa de los ministerios clave, quién es el jefe de la patronal, tienes que hacer tu propia agenda de personas y también empezar a tomar parte en la vida periodística de ese país: saber si hay una rueda de prensa del presidente o del primer ministro, saber si hay un evento que merece la pena, empezar a mover tu tarjeta de visita para que te empiecen a llegar comunicados o convocatorias. Todas esas cosas que hacen que poco a poco entres a formar parte del tejido periodístico del país. Evidentemente, si uno no habla la lengua, este tipo de cosas son difíciles, por no decir imposibles, de realizar. Para mí, es imprescindible si eres corresponsal, que hables con un nivel lo suficientemente alto para entender pasivamente de que se habla, y estar en condiciones de formular una pregunta, de poder expresarte mínimamente.

¿Cómo has visto la transformación de Alemania desde los años 90 al siglo XXI?
Alemania ha cambiado muchísimo. Para empezar, cuando llegué a Alemania en el año 1992, la capital seguía siendo Bonn. Hubo una votación en el Parlamento que convirtió Berlín oficialmente en la capital de la Alemania reunificada, pero hubo tantísimas resistencias del gobierno y de los funcionarios que vivían en Bonn, que el traslado definitivo no fue hasta el año 1999. Entre otras cosas, tenían que construir los nuevos ministerios, la nueva cancillería, modificar el Reichstag. Físicamente todo el mundo seguía en Bonn, las embajadas también. Aquella era una Alemania que estaba sufriendo las primeras consecuencias económicas de unas decisiones que se tomaron y no resultaron ser las mejores posibles. Por ejemplo, se decidió poner al mismo nivel el marco alemán y el marco occidental, y eso produjo un completo hundimiento de la economía de la Alemania oriental. Por otro lado, hubo que poner en marcha cantidades inmensas de dinero para salvar la economía de la República Democrática y para mejorar las infraestructuras, lo cual provocó que la Alemania reunificada entrara en un proceso de recesión. Hubo un gran aumento del paro, fueron los primeros momentos de tensión entre Ossis y Wessis. Recuerdo que llegué a Bonn en un momento socialmente crítico debido a la xenofobia quema de casas en las que vivían turcos, o lugares donde vivían demandantes de asilo. Al año siguiente la corresponsalía me trasladó a Berlín y allí viví en primera persona los choques entre esos dos mundos, el oriental y el occidental, la despedida de las fuerzas aliadas que seguían ocupando el territorio de la República Federal y también la marcha de los rusos que estaban ocupando la otra mitad del país. Fue el momento en el que Alemania empezó a cambiar en grandes dimensiones. Fue el momento de la creación de la unión monetaria europea, el comienzo de los debates en torno a la moneda única, el despertar de ese nuevo orgullo de ser alemán que se vivió sobre todo en el 2006…fueron momentos realmente interesantes donde asistí al crecimiento político de la Alemania reunificada, otorgando una hegemonía que Alemania no había soñado tener, al menos no de manera tan clara. Y poco a poco ha nacido la Alemania actual que conocemos todos, un país en el que las políticas de austeridad están creando unas diferencias brutales entre ricos y pobres, una sociedad en la que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, en la que los grandes ganadores de la reunificación son las grandes empresas que tienen muchas facilidades para pagar pocos impuestos y para exportar al máximo porque ese es el valor fundamental de la economía alemana, las grandes exportaciones. A lo largo de los últimos años hemos visto el crecimiento de esa especie de país adolescente a la actual República Federal. Fuerte, orgullosa de sí misma e, insisto, con un protagonismo que no quisieran tener y, de hecho, Angela Merkel está muy interesada en que Francia esté a su nivel para que el eje franco-alemán sirva un poco de pantalla de ese inmenso poder que tiene Berlín.

¿Existen diferencias entre ser corresponsal en Alemania y serlo en Francia?
El modus operandi es prácticamente el mismo. La cuestión es la posibilidad de acceso a las fuentes. Aquí, en Francia, hay una enorme diferencia respecto a Alemania, donde ser corresponsal extranjero es bastante más fácil en algunos aspectos, por ejemplo: los lunes, miércoles y viernes el portavoz de gobierno de Angela Merkel, Steffen Seibert, y los portavoces de los ministerios celebran ruedas de prensa abiertas a todos los periodistas acreditados ante el gobierno alemán y también para todos los corresponsales acreditados. Con lo cual tú, como corresponsal de Ucrania o de Irán tienes el mismo derecho que el periodista del Frankfurter Allgemeine Zeitung para hacer una pregunta a Seibert o a cualquier otro portavoz. Tienes la oportunidad de que ellos se queden con tu cara, es más fácil que sepan que tú eres tú y que representas a este medio porque si vas con frecuencia a ruedas de prensa y formulas preguntas, tarde o temprano te van a conocer. Eso es una cosa que aquí en Francia no existe. Aquí no hay una asociación de prensa extranjera tan fuerte como en Berlín. Aquí los periodistas no tenemos la posibilidad de acercarnos a entrevistar, ni de hacer preguntas sin ningún tipo de restricciones al portavoz de Hollande, ni al portavoz de Manuel Valls, el acceso a los ministerios es bastante más complicado. No existe la regularidad que existe en Berlín, es decir, tres días a la semana tienes ahí a todos los portavoces y tienes la posibilidad de preguntarles sobre cualquier tema y sin límite de tiempo. En Berlín, por ejemplo, Steffen Seibert no se va cuando él quiere, sino cuando se ha hecho la última pregunta. Excepto que haya alguna historia y él avise previamente. Pero normalmente son los periodistas los que deciden cuando se termina. Algunas han sido realmente largas, como cuando surgieron las escuchas ilegales a Angela Merkel por parte de los servicios secretos americanos. Hay una aspiración a la transparencia, a que la información fluya para que nunca se pueda decir que el gobierno alemán sea opaco. Es una cosa fantástica, la falta de arrogancia, empezando por la canciller y por su portavoz, que es una persona muy grata. En Francia no existe ese contacto directo e institucionalizado con todos los portavoces.

¿Qué es lo que más le gusta de ser corresponsal?
Primero el privilegio de descubrir un país y de aprender todos los días. Eres los ojos y los oídos de tus oyentes, de la gente que escucha tu radio o de la gente que lee tu periódico. Toda la información pasa por tu propia percepción. Para mí, algo importantísimo en la vida es aprender, no podría hacer un trabajo en el que todos los días hiciera lo mismo. Aquí todos los días tienes oportunidades. Pero luego a parte de aprender, tratas de entender porque las cosas funcionan de esa manera, de buscar por qué ahora es famoso un filósofo que es muy provocador, por qué son importantes las elecciones que se van a producir el siguiente fin de semana, ver si de verdad va a tener tanta importancia la extrema derecha, ver cómo evoluciona un político dentro de los partidos, qué va a ser de Francia, dentro de dos o tres años, con temas como la inmigración. Todo esto me gusta mucho. Es como escribir día a día una página de historia.

¿Qué le recomendaría a un estudiante de Periodismo que quiere ser corresponsal en algún momento de su trayectoria?
Saber idiomas es condición sine qua non, no solamente para ser corresponsal sino para ser periodista porque el nivel del periodismo en España está bajando, por lo tanto hay que intentar buscar lugares donde el nivel sea más elevado, donde haya menos tertulianos y más expertos. Hay que leer prensa, leer informes, ir a actos de think tanks, formarse, interesarte por las cosas. Entrar en una redacción de internacional me parece lógico pero muchas veces ser corresponsal es una cosa arbitraria en el sentido de que te puedes formar mucho, pero terminen nombrando a otro. No siempre se nombra a las personas que más se lo merecen. Creo que el sencillo hecho de querer aprender y de ser curioso ya es una buena condición para llegar a ser un buen periodista. Y un buen periodista, seguramente pueda ser un buen corresponsal.
Pero tengo serias dudas de que vayamos a salir adelante en esta crisis de periodismo. Y además los corresponsales, somos una especie en extinción, sobre todo en la fórmula de la que yo estoy disfrutando, por eso me considero doblemente privilegiada.

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